Solemnity of the Body and Blood of Christ

June 18, 2017

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June 18, 2017

Solemnity of the Body and Blood of Christ

Elizabeth

Burns

Jesus’ words in today's Gospel are both strange and familiar.  We hear the words “This is my body; this is my blood” at every celebration of the Eucharist.  But when we actually hear Jesus say “Eat my flesh,” and “Drink my blood,” the strangeness of what we do in the Eucharist hits us in the face. How do we even wrap our minds around something so weird?  How to we understand and visualize how the Eucharist connects us with Jesus? After all, cannibalism is a universal human taboo.  The images of eating flesh and drinking blood that exist in pop culture are only zombie TV shows and vampire movies.  These are not appealing images.  

Luckily, we don't​ need to go only to the realm of horror fiction to envision how one person's flesh and blood can give life to another.  We can go to the realm of biology.  And even more specifically, pregnancy. 

As more of my friends and family experience pregnancy, I am struck by how similar it is to what Jesus speaks about in today's Gospel.  Pregnancy is ordinary- it's how every person arrived on this planet.  And yet, the more you think about it, the stranger it is.  Hearts and limbs and eyes and brains and people just grow.  More than one pregnant friend has commented on feeling both thrilled and unsettled by the kicking and moving of their child.  A breast-feeding mom commented to me that she's often amazed that her body can feed her baby without her even thinking about it. 

Witnessing this “ordinary strangeness” of pregnancy has led me to think in new ways about what Jesus does in giving his body and blood for us, and in how we can be Christ's body and blood for each other.

First, seeing my pregnant friends and their new babies has reminded me of me how necessary the Eucharist is for our survival.  No one can exist without first being nourished by the body of their mother. Unless we are nourished by her body, we cannot have life.  Likewise, the body and blood of Christ is necessary for our spiritual life.  It's not an add-on, but at the core.  Without it, we cannot have life within us.

Second, thinking about the Eucharist side-by-side with pregnancy gives me an image of how it helps us grow in closeness to Jesus.  Jesus tells us “Whoever Eats my flesh and drinks my blood remains in me and I in him.” Scientists have discovered that cells from a baby remain inside a mother's body for decades -- in her blood and in her body, including in her brain.  The mother and child literally and physically remain in each other.  So too, with the Eucharist we remain in Jesus, as he nourishes and remains in us.

Finally, it reminds me that “participating in the body and blood of Christ,” as Saint Paul mentions in the first reading is demanding, even as it is a gift.  The pregnant women I have known all been fortunate to experience their pregnancies and their birth of their children as a source of great joy.  Even so, I have been surprised by the ways in which their bodies are affected.  They speak of aches and pains from weight and sciatica, of exhaustion, of the inability to sleep because of their size and the movement of their child.  And these are all during healthy pregnancies with no complications!  Jesus gives us his body and blood, but it did not come without sacrifice.  As we participate in his body and blood, and as St. Augustine says, “become what we receive,” we cannot do so without some cost to ourselves.  This challenge is daunting.  But the first reading, about God providing manna in the desert, is a reminder that even in our afflictions, we are never outside of God's care and tenderness and protection. 

Let us pray that we don't keep ourselves away from the life and nourishment of the Eucharist, that we are attentive to the ways that it causes us to grow in closeness with Jesus, and that we trust in God's tender compassion when we are called follow in Jesus’ example and sacrifice for others.  

Las palabras de Jesús en el evangelio de hoy son a la vez extrañas y familiares. Escuchamos las palabras “Este es mi cuerpo; esta es mi sangre” en cada celebración de la eucaristía.  Pero cuando escuchamos de verdad las palabras “Coman de mi cuerpo” y “Beban de mi sangre” lo extraño de lo que hacemos en la eucaristía nos choca de frente. ¿Cómo es posible que hagamos una cosa tan rara? ¿Cómo podemos entender y visualizar como la eucaristía nos conecta con Jesús? Todos sabemos que el canibalismo es un tabú humano universal. Las imágenes de come carne humana y beber sangre son de películas y programas de televisión de vampiros y zombis.  Y estas no son imágenes bonitas.

Afortunadamente no tenemos que acudir a las películas de horror y ficción para visualizar como el cuerpo y la sangre de un ser le da vida a otro, solo tenemos que acudir a la biología. Y más específicamente, al embarazo. 

En lo que más y más de mis amistades y familiares se encuentran banditos con la experiencia del embarazo, me choca ver como de se asemeja esta experiencia a lo que Jesús predica en el evangelio de hoy. El embarazo es una cosa común – es como todo ser humano llega al planeta. Y sin embargo mientras más lo pensamos más raro aparenta. Corazones y extremidades y ojos y cerebros y gente crece. Más de una amistad embarazada me ha comentado sentirse a la misma vez emocionada y espantada con el movimiento y las patadas del bebe. La madre que amamanta a su bebe me comenta que se asombra que su cuerpo pueda nutrir a su bebe sin ella siquiera pensarlo.

Siendo testigo de esta “rareza ordinaria” del embarazo me llave a pensar de manera nueva como Jesús da de su cuerpo y su sangre para darnos vida, y como nosotros podemos ser el cuerpo y la sangre de Cristo para nuestro prójimo.

Primero, ver a mis amistades embarazadas y sus bebes nuevos me recuerda de cuan necesaria es la eucaristía para sobrevivir. Nadie puede sobrevivir sin primero ser nutrido por el cuerpo de su madre. A menos que seamos nutridos por su cuerpo, no podemos vivir. De la misma manera, el cuerpo y la sangre de Cristo son necesarios para nuestra vida espiritual. No es algo añadido, es central. ¡Sin ello no tenemos vida!

Segundo, pensando en la Eucaristía lado a lado con el embarazo me da una imagen de cómo nos ayuda a estar más allegados a Jesús. Jesús nos dice “Quien coma de mi cuerpo y beba de mi sangre vivirá en mí y yo en el.” Los científicos han descubierto que células de el bebe se quedan en el cuerpo de la madre por décadas – en su sangre y en su cuerpo, inclusive en su cerebro. La madre y el bebe se mantienen literalmente uno en el otro. Así también con la Eucaristía nosotros nos mantenemos en Jesús, el nos nutre y permanece con nosotros.

Finalmente, me recuerda que “participar en el cuerpo y la sangre de Cristo.” Como dijo San Pablo en la primera lectura, es exigente, aun siendo un regalo. Las mujeres embarazadas que conozco han sido afortunadas de poder vivir la experiencia del embarazo, y el parto de sus hijos, con gran alegría. Aun así, me sorprende la manera en la cual sus cuerpos han sido afectados. Hablan de dolores a causa de ganar peso y ciática, del estar exhaustas, de no poder dormir por sus tamaño y el movimiento del bebe. ¡Y estos son embarazos saludables, sin complicaciones! Jesús nos da su cuerpo y su sangre, lo cual no vino sin sacrificio. Cuando participamos en el cuerpo y la sangre, y como nos dice San Agustín, nos convertimos en lo que recibimos,” no podemos hacer esto sin un precio. El reto es desalentador. Pero en la primera lectura, cuando se habla de Dios proveer mana en el desierto, es un recordatorio de hasta cuando estamos más afligidos, nunca estamos fuera del cuido, la ternura, y protección de Dios.

 Recemos que no nos alejemos de la vida y el alimento de la eucaristía, y que estemos alertas a las maneras en las cuales nos causa acercarnos más a Jesús, y que confiemos en la compasión tierna de Dios cuando se nos llame a seguir el ejemplo de Jesús de sacrificio para el prójimo.

 

First Reading

Dt 8:2-3, 14B-16A

PSALM

Ps 147:12-13, 14-15, 19-20

Second Reading

1 Cor 10:16-17

GOSPEL

Jn 6:51-58
Read texts at usccb.org

Elizabeth Burns

Elizabeth Burns is the Chair of the Humanities Department at Cristo Rey Brooklyn High School, where she also teaches Religious Studies.  She holds a Bachelor’s degree from Fairfield University and a Master of Theological Studies degree from the University of Notre Dame, and has twice been accepted into the National Endowment for the Humanities “Summer Seminars for School Teachers” program. 

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