Sixth Sunday of Easter

May 21, 2017

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May 21, 2017

Sixth Sunday of Easter

Sarah Attwood

Otto

My family moved to Austin, Texas the summer before my eighth grade year. On that first day of school as I walked through the front doors, I felt pretty isolated from the different cliques gathered around their lockers, and the overwhelming fear in my mind was whether I’d have someone to eat lunch with that day. My only solace in that moment was singing, “Jesus loves me” over and over in my head as I walked down that hallway with trepidation. Somehow I knew, beneath all of my fears and insecurities, I was not alone. Jesus loved me and walked with me down the corridor of my new school. 

I imagine the disciples felt similar fears and insecurities whenever Jesus mentioned his departure to them. He was their team captain! He was their teacher, their mentor, their friend. Without him, their mission would not exist. But in today’s Gospel we hear Jesus promise his disciples that his physical absence will be overcome by the never-ending presence of an Advocate, the Spirit of truth. I will not leave you orphans, I will come to you.  You will not be alone as you enter into new territories and situations.

God was with me on that first day of 8th grade. God was with me when I moved away from home for college. God was with me when I walked away from a long-term relationship in grad school. God was with my husband and me as we moved across the country, far from family and friends, in the first year of our marriage. God was with me in the long and lonely hours of laboring and delivering my first child. Are there lonely journeys that come to your mind from your own life? Walking into the hospital room of your child who has cancer, leading a line of cars in a funeral procession for your spouse. In all of those moments, God promised to be with us, and promises still: I will not leave you orphans. I will come to you.

And this promise is significant as we look at the first reading and hear about Philip sharing the good news of Christ with the city of Samaria. This was a new phase in Christ’s mission, moving the Gospel beyond Jerusalem and Judea to Samaria. At other points in the Gospel, the Samaritans had rejected Christ, so I can imagine Philip felt a bit uneasy as he set out on his travels. But in today’s reading, they accepted Christ with one accord. I love the line: And there was great joy in that city. I love the particularity of that. There was joy in that city, in the city of Samaria. Like Philip, we aid in the Spirit’s bringing of joy to a particular city, or person, or community. Philip’s fears – as well as our own - need not stop the efficacy of God’s Spirit.

And joy is the foundational marker of the Christian identity, isn’t it? Today’s psalm is bursting with joy, recounting the wondrous deeds God has done throughout salvation history. But we all know that a closer look at the psalms reveal that this joy is not a superficial emotion– there are some significant challenges in the life of faith, moments of fear and desolation. Saint Paul in the second reading certainly reminds us of that. The life of faith is not immune to suffering. Christ himself still suffered. But the continued gift of the spirit’s presence allows us to stay grounded and give an account of our hope even amidst suffering and fear, because we are not alone in our trial.

I love the old Quaker hymn, How Can I Keep from Singing? It so beautifully captures the reason for hope:

No storm can shake my inmost calm, While to that rock I´m clinging. Since love is lord of heaven and earth How can I keep from singing? 

I had not yet learned that song in 8th grade, but despite my fears of entering a brand new school, I could not keep from singing.

So what does it mean to accept the Advocate, the spirit of truth? What’s the implication of today’s readings? We, too, are called to expand Jesus’ mission like Philip did in Samaria. We’re called to walk into new territories, brave challenging situations and accompany those who may be different from us. But we do not do this alone: we have been given the gift of the Spirit, accompanying us and advocating for us in our mission. So how can our voices, then, be a gift for others?

The spirit of truth demands that we stand in solidarity with those who are marginalized, persecuted, and forgotten and advocate on their behalf. The spirit of truth demands bravery and boldness in the pursuit of justice. The spirit of truth is very much alive in the margins of society, and in the messiness of our lives, demanding that no one be orphaned.

So as a Church, let’s use our voices and not stop singing.

El verano antes de mi octavo grado mi familia se mudo a la ciudad de Austin, Texas. Ese primer día de clases entrando atreves de esas grandes puertas me sentí bastante aislada. Todos las camarillas se agrupabas cerca de los casilleros de libros, y mi más grande preocupación era saber si alguien almorzaría conmigo,  o si tendría que comer sola.  Mi consuelo era cantar una canción repetidamente “Jesús me quiere” en lo que iba caminando por los pasillos. De alguna manera sabia que a pesar de mis preocupaciones no estaba sola. Jesús me quería, y caminaba conmigo en esos corredores en mi nuevo colegio.

Me imagino que los discípulos de Cristo sentían similares aprehensiones cuando Cristo les mencionaba el hecho de que en algún momento el los dejaría. ¡Él era el capitán de equipo! Él era el maestro, su amigo. Sin él la misión no existía. Pero en el evangelio de hoy escuchamos a Jesús prometerle a los discípulos que su ausencia física se sobrepondrá con le presencia eterna del espíritu de la verdad. No los dejare huérfanos. Vendré a ustedes.  No estarás solo al entrar en situaciones y territorios nuevos.

Dios me acompaño ese primer día del octavo grado. Dios me acompaño cuando me fui a la universidad. Dios me acompaño cuando me aleje de una relación cuando estaba en el colegio post graduado. Dios me acompaño a mí y a mi marido cuando nos mudamos lejos de nuestros familiares y amistades el primer año de nuestro matrimonio. Dios me acompaño en esas largas y solitarias horas del trabajo de parto con mi primer hijo. ¿En qué viajes de la vida piensan? ¿Entrando al cuarto de hospital donde su hijo tiene cáncer? ¿Ser parte de la procesión fúnebre de su pareja? En todos esos momentos, Dios nos prometió que nos acompañaría, y nos promete todavía: No los dejare huérfanos. Vendré a ustedes.

Y esta promesa es importante, como vemos en la primera lectura cuando Felipe comparte la buena noticia de Cristo con la ciudad de Samaria. Esta era una fase nueva de la misión de Cristo, mudar el evangelio más allá de Jerusalén y Judea a Samaria. En otros puntos del evangelio los samaritanos rechazaron a Cristo así es que me imagino que Felipe estaba un poco incomodo en lo que empezaba a pregonar. Pero en el evangelio de hoy los samaritanos aceptaron a Cristo de un mismo acuerdo. Y me encantan estas palabras: Y hubo gran alegría en la ciudad.  Me encanta la particularidad de esta oración. Se dio gran alegría en esa ciudad, en la ciudad de Samaria. Así como lo hace Felipe, nosotros ayudamos al espíritu a traer gran alegría a una ciudad, o persona, o comunidad. Los temores de Felipe – así como los nuestros – no tienen que detener la eficacia del espíritu.

Y la alegría es fundamental a la identidad Cristiana, verdad? El salmo de hoy estalla de la alegría, recontando las hazañas maravillosas que Dios ha ejecutado a través de la historia. Mirando de cerca a los salmos se ve que esta alegría no es una emoción superficial. Hay retos grandes e nuestra vida de fe, momentos de de temor y desolación. Lo vemos en la segunda lectura San Pablo. La vida de la fe no es inmune al sufrimiento. Cristo todavía sufrió. Pero el regalo continuo de la presencia del espíritu nos permite mantenernos nivelados, y a dar cuenta de nuestra esperanza aun cuando hay sufrimiento o temor, porque nunca estamos solos.

Me encanta la canción Cuáquera “¿Cómo puedo dejar de cantar?” Captura tan bellamente las razones de esperanza:

No hay tormenta que pueda amedrentar la calma que llevo adentro, en lo que me adhiero a esa piedra. Si el amor es nuestro señor del cielo y la tierra, como puedo dejar de cantar?

En el octavo grado todavía no sabía esa canción, pero a pesar de mis temores al entrar en un colegio nuevo, no podía dejar de cantar.  ¿Qué significan aceptar la defensa del espíritu de la verdad? A nosotros también se nos pide ampliar la misión de Jesús, como Felipe en Samaria. Se nos llama para caminar en nuevos territorios, aceptar situaciones difíciles, y acompañar a los que son distintos que nosotros. Pero esto no lo hacemos solos, tenemos el don del espíritu, acompañándonos, abogando por nosotros en nuestra misión. ¿Entonces de que manera podrían ser nuestras voces un regalo para otros?

El espíritu de la verdad nos requiere estar en solidaridad con los marginalizados, los perseguidos, y olvidados. El espíritu de la verdad nos requiere valentía en búsqueda de la justicia. El espíritu de la verdad vive en las  de la sociedad, en el desorden de nuestras vidas, demandando que nadie quede huérfano.

Ahora como iglesia, usemos nuestras voces y no paremos de cantar.

First Reading

Acts 8:5-8, 14-17

PSALM

Ps 66:1-3, 4-5, 6-7, 16, 20

Second Reading

1 Pt 3:15-18

GOSPEL

Jn 14:15-21
Read texts at usccb.org

Sarah Attwood Otto

Sarah Otto earned her Master of Divinity from Boston College School of Theology and Ministry. She graduated with a Religious Studies degree from Santa Clara University in 2007 and served a year with the Jesuit Volunteer Corps in Portland, OR post graduation. Her primary ministry has been with college students. She has worked in campus ministry at Boston College, Providence College and currently directs the Newman Catholic Center in Chico, CA. She and her family are preparing to move to the Atlanta area this summer where Sarah will be directing retreats and offering spiritual direction at Ignatius House Jesuit Retreat Center. She and her husband, Andy, are peers in ministry and just began the joyful ministry of parenthood together. Their daughter, Eva, is deepening their experience of the mystery of God in a myriad of ways.

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