Palm Sunday

April 10, 2022

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April 10, 2022

Palm Sunday

Cecilia

Cecilia

González-Andrieu

González-Andrieu

At this moment, I imagine multiple congregations reflecting on Palm Sunday with me, I can’t see you but I can try to feel you.

The first are my contemporaries, which is why I am wearing this mask.  I want to acknowledge that we have lived like this for what feels like a long time.  This mark of our limitations has been our reality, a reality of sickness and persistent danger for the most vulnerable, and sometimes violently obstinate denial from others born out of the terrible virus of individualism.  So I speak with you as a mother, caretaker for an elderly parent, teacher and practitioner of the ministry of theological inquiry and prophetic action.  To my contemporaries, especially those responsible for the well-being of others, I want to say: you are not alone in feeling beaten down and close to shutting down your beating heart because it hurts to care, I feel this. Yet, if you are still listening, you are an example of the kind of hope that human beings can generate, when what first appears as an impenetrable darkness engulfs us.  In your grief, I am grateful you are here and we are accompanying each other.

The second congregation I imagine are those of you watching this sometime in the future.  We have left you our ghosts, images preserved as bits of data.  You may have stumbled upon this reflection, a year from now, ten, more.  That I believe you are there, somewhere in a future that continues to unfold, is my sign of stubborn hope.  You see, as pandemics, wars and climate change peel off the mask from the world we thought we knew to reveal the wounded reality underneath, many of those of us are doubting that humanity has any kind of future.

So how do we grab on to stubborn hope right now so you will be there in the future?  One way is to look at our Scriptures and liturgical year as an intentional training ground for how to meet reality on its terms, transcend it and then transform it.  

But, how do we meet reality on its terms?  Palm Sunday’s ritual reenactment of events through communal prayer leading into Holy Week provides some answers.  Once a year, we are brought into Lent’s relentless reminder of fragility and our dependence on God and each other.  According to the Scriptures, Jesus intentionally walks away from all he knew.  He begins a process of shedding the comforts that could dull his senses from seeing deeply into God’s heart, or worse tempt him to look away from the pain crying out to God, coopted by the promises of power.  Only against the starkness of his meeting this reality does Jesus’ insistence to endanger his life by going to Jerusalem for Passover make any sense.  The reality of his community is there in lives crushed by conspiring powers.  He cannot walk away from the offenses against God’s desire of radical love, so he must transcend the paralysis that could overtake him and his friends in the face of Rome’s brutality and the collusion of the powerful who rely on Rome to prop them up.

The extreme contradiction of his situation is captured in his entry into Jerusalem, where we note the symbolic power of the Mount of Olives.  This hill of olive trees beyond the city walls from which Jerusalem comes into view, is both the site of the promise of God’s Reign as he arrives and the site of its most destructive betrayal as he is arrested.  The reality is that it is both at once and this is where Jesus transcends the fear that could stop him, a moment that clarifies for him that violence can no longer be viewed as the answer to conflicts.

And so – we are called out of ourselves to take this road with Jesus – to take up the gift of the reign of God we are called to bring, while knowing that there will be murderous opposition to that gift.  As we step out of our comfort into the starkness of what is real, we transcend fear to see clearly that we must continue on to Jerusalem because that is where change happens.  This Holy Week we sit with Jesus in the underground cistern, where he was likely kept overnight as he awaited trial and try to fathom how it is that he continued to love and work for love in spite of so much evidence that he should just give up.  Humanity must have broken his heart.  They were hopeless, mired in their own self-preservation, and yet, there were those women, his mother, the Magdalene, the others. Fearless they pushed on, wanting him to see them, to know their nearness.  Like in so many of the stories of his Jewish community, they enacted God’s reign, the few who made visible God’s love, showing that humanity was not without hope.

Jesus is the last person in history who will die with the question of God’s abandonment.  Where was God?  In his flesh, because he stared down reality and transcended it through stubborn hope for who we could be, he forever transformed history.  The God of love and of life was indeed present, real and alive in history, taking Jesus up into God’s arms, raising him for all to see: “this, humans, this unstoppable belief in your potential is the key to transformation. Jesus is leading the way, now follow him.”

Hoy, me imagino a múltiples comunidades acompañándome este Domingo de Ramos, no puedo verlos, pero sí puedo sentirles.

Veo a mis contemporáneos, por eso llevo esta máscara, para reconocer que hemos vivido así por demasiado tiempo. Este signo de nuestras limitaciones ha sido nuestra realidad, una realidad de enfermedad y peligro para los más vulnerables, y también de la violencia obstinada de los que niegan sus responsabilidades por el bien común, enfermos del terrible virus del individualismo. Hoy les hablo como madre, alguien que cuida de su padre anciano, una maestra y trabajadora en la praxis que une a la teología con la acción profética. A mis contemporáneos, especialmente a las responsables del bienestar de los demás, quiero decirles: no son las únicas que se sienten abatidas y con ganas de callar las inquietudes de un corazón cansado y desilusionado, yo también lo siento. Sin embargo, si todavía estás escuchando, eres un ejemplo del tipo de esperanza que los seres humanos pueden generar, cuando lo que aparece como una oscuridad impenetrable nos envuelve. En tu dolor, agradezco que estés aquí y nos acompañemos.

Pero también imagino la posibilidad de que estas viendo esto desde el futuro. Les hemos dejado nuestros fantasmas, imágenes preservadas en archivos digitales. Es posible que te hayas topado con esta reflexión, dentro de un año, diez, más. Yo creo firmemente que estás ahí, viviendo un futuro que sigue adelante, y este es mi testimonio de esperanza radical. Verás, mientras las pandemias, las guerras y el cambio climático revelan que el mundo que creíamos conocer está lleno de heridas que ya no podemos encubrir, muchos dudan de que la humanidad tenga un futuro.

Entonces, ¿cómo nos aferramos a la esperanza radical en este momento porque queremos que tu estés allí en el futuro? Una forma es ver nuestras Escrituras y el año litúrgico como un campo de entrenamiento donde aprendemos a enfrentar a la realidad, superarla y luego transformarla.

Pero, ¿cómo nos encontramos con la realidad sin esquivarla? La respuesta está en los ritos religiosos que nos invitan a vivir la pasión del Señor el Domingo de Ramos y nos conducen a la Semana Santa. Una vez al año durante la Cuaresma, vivimos intensamente nuestra fragilidad y como dependemos de Dios y de los demás. Según los evangelios, Jesús se alejó de todo lo que conocía y comenzó a despojarse de las comodidades que podrían adormecer sus sentidos o peor tentarlo a apartar su mirada del corazón de Dios, y como muchos caer victima a la corrupción del poder. La insistencia de Jesús de poner en peligro su vida yendo a Jerusalén para celebrar la Pascua, solo tiene sentido frente a lo duro de su encuentro con la realidad.  La realidad de que su comunidad está ahí tratando de sobrevivir bajo el peso aplastante de los poderosos. Jesús no puede olvidarse de las ofensas contra el amor radical de Dios, por lo que debe trascender la parálisis que podría apoderarse de él y sus amigos frente a la brutalidad de Roma y la complicidad de los poderosos que confían en Roma para sostenerse.

La extrema contradicción de su situación se capta en su entrada en Jerusalén, donde vemos el poder simbólico del Monte de los Olivos. Esta pequeña colina fuera de las murallas de la ciudad desde la cual se ve toda Jerusalén, es tanto el sitio de la promesa del Reino de Dios cuando Jesús llega como el sitio de la traición del Reino cuando lo arrestan. Estas dos realidades se presentan juntas y es así que Jesús supera el miedo que podía detenerlo, un momento que le aclara que la violencia ya no puede ser vista como la respuesta a los conflictos.

Entonces somos llamados a salir de nosotros para continuar el camino con Jesús, tomando el regalo del Reino de Dios que debemos de ayudar a construir, sabiendo al mismo tiempo que este reino despertará una oposición sangrienta. A medida que salimos de nuestra comodidad a encontrarnos con la realidad, superamos el miedo y vemos claramente que no hay otra, tenemos que continuar hacia Jerusalén porque es allí donde podemos actuar. Esta Semana Santa nos desvelamos con Jesús en la cisterna subterránea, donde probablemente pasó la noche mientras esperaba su juicio y tratamos de comprender cómo es que continuó amando y trabajando por amor a pesar de tanta evidencia de que debería darse por vencido. La humanidad debe haberle roto el corazón. Pugnas de poderes, todos cuidando solo de sus propios intereses, pero sin embargo, allí estaban las mujeres, su madre, la Magdalena, las demás. Sin miedo, siguieron adelante, queriendo que él las viera, que las sintiera cerca. Como en muchos de los relatos de su comunidad judía, ellas se abrieron hacia el reino de Dios, las pocas que hicieron visible su amor, mostrando que la humanidad no era una causa perdida.

Jesús es la última persona en la historia que morirá sintiéndose abandonado por Dios. ¿Dónde estaba Dios? Jesús se enfrentó a la realidad y la superó afirmando en su propia carne la promesa de que el ser humano puede optar por el bien, y dar la vida por ello.  Así transformó la historia. Efectivamente, Dios que es amor y vida se hizo presente en la historia, tomando a Jesús en sus brazos y elevándolo a la vista de todos nos dijo: “aquí está, humanos, vean esta fe indómita en la capacidad humana para el bien, esta es la clave de la transformación, la clave del Reino.  Jesús ha abierto el camino, ahora síganle”.

First Reading

Is 50:4-7

PSALM

Ps 22:8-9, 17-18, 19-20, 23-24

Second Reading

Phil 2:6-11

GOSPEL

Lk 22:14—23:56
Read texts at usccb.org

Cecilia González-Andrieu

Cecilia González-Andrieu

Cecilia González-Andrieu is professor of Theology and Theological Aesthetics at Loyola Marymount University.  She completed the doctorate at the Graduate Theological Union, where she combined the study of systematic theology with religion and the arts, working jointly with the department of Peninsular Studies at UC Berkeley. Her work explores systematic theology, theological aesthetics, and political theology from the particularity of the Latinx experience.  

She is the author of Bridge to Wonder: Art as a Gospel of Beauty and co-editor of Teaching Global Theologies: Power and Praxis. A scholar-activist Dr. González-Andrieu speaks and marches with those who thirst for the liberative power of theological thought in a number of interlaced areas of inquiry.  She has published scholarly articles on theological aesthetics, Latinx theology, the theology of Pope Francis and educational justice, while also writing on immigration, education and current political concerns as a contributing writer for America Magazine.

At LMU, Cecilia helps lead the university’s work with undocumented students. An active member of the board of directors of the Ignatian Solidarity Network, she co-chairs the LMU Latinx Theology and Ministry Initiative, and is the founding editor of LMU’s Say Something Theological Student Journal.  She is a member of the Academy of Catholic Hispanic Theologians of the U.S., the Catholic Theological Society of America, an advisor for  Discerning Deacons and an alumna and supporter of the Hispanic Theological Initiative.

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LENT 2020: Reflecting Together Online Course

Take an opportunity to read and reflect on the Sunday readings during the first five weeks of Lent.  Participants are provided with links to reflections on the Lectionary readings (Cycle A) written by scholars -- including weekly preaching from Catholic Women Preach.  Then, each week participants share their insights in an online community discussion, guided by a facilitator.

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